La familia como la "primera escuela de la fe". Ella misma ha sido y es "espacio y escuela de comunión, fuente de valores humanos y cívicos, hogar en que la vida humana nace y se acoge generosa y responsablemente" (DA 302). Al decir "espacio y escuela de comunión", Aparecida retoma todo lo dicho en Puebla y expresado tan abundantemente en todo el Magisterio de Juan Pablo II. Para que exista la comunidad familiar es preciso que sus miembros se animen a vivir en comunión, aprenderán allí las nuevas generaciones a ser "personas de comunión". La familia es así "fuente" de todos aquellos valores que hoy la sociedad necesita de manera urgente, valores que tienen en la autodonación su eje principal.
Decimos también que la familia es "escuela de la fe" en cuanto la fe supone la naturaleza, y en la comunión de estas dos dimensiones es donde surge la respuesta del discípulo misionero. La naturaleza la recibe en la familia, y si ésta es creyente, también Dios le confía a los padres el don de la fe. Cuando llevan a sus hijos a la Iglesia para que se los bauticen, la Iglesia les dice: "Ustedes son una pequeña Iglesia". Al ser los padres los primeros educadores en la fe, necesitan todo el apoyo de la Iglesia para realizar esta misión. La pastoral familiar es, entonces, una de las prioridades de cada Iglesia particular. La familia, junto con la Parroquia, pasa a ser entonces el "primer lugar para la iniciación cristiana de los niños", ofreciéndoles un "sentido cristiano de existencia y los acompaña en la elaboración de su proyecto de vida como discípulos misioneros".
Ante la avalancha de amenazas que sufre en los momentos actuales la institución familiar, la Iglesia hace un llamado a vivir en una firme esperanza en el proyecto de Dios para el matrimonio y la familia. Nos toca a nosotros discípulos y misioneros, "trabajar para que esta situación sea transformada, y la familia asuma su ser y su misión en el ámbito de la sociedad y de la Iglesia" (DA, 432).
Dada la importancia de la familia se asume su promoción y desarrollo como uno de los ejes transversales de la acción evangelizadora, promoviendo en cada diócesis una pastoral familiar "intensa y vigorosa" para proclamar el evangelio de la familia, promover la cultura de la vida, y trabajar para que los derechos de las familias sean reconocidos y respetados (DA 435).
Que este segundo año de la misión permanente nos permita llegar al corazón de cada familia en nuestra diócesis y desde allí continuar el camino hacia la construcción del Reino de Dios.
La comunión tiene otra dimensión importante: nos va construyendo como comunidad fraterna, porque comulgamos juntamente con otros.
Recibimos el Cuerpo eucarístico de Cristo, para que vayamos siendo cada vez más claramente el Cuerpo eclesial del mismo Cristo. Como dijo Pablo a los cristianos de Corinto: "Siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan". "Somos" (un cuerpo, una comunidad) porque "participarnos" (la Eucaristía nos va construyendo como tal comunidad).
Y a continuación les tuvo que decir que si despreciaban a la comunidad y avergonzaban a los pobres, lo que celebraban no era Eucaristía, no era la Cena que el Señor pensó. Por eso les recuerda el Relato de la última Cena, en el que Jesús entrega su Cuerpo "por vosotros", y les encarga que celebren esta Eucaristía como memorial suyo.
La Eucaristía no sólo nos llena de consuelo y nos comunica la vida del Resucitado. Sino que nos urge a aprender la gran lección de Jesús, que estaba en medio de la comunidad no para ser servido, sino para servir; que se ciñó la toalla y lavó los pies a sus discípulos; que en la Cruz, y ahora en el sacramento de la Eucaristía, es por definición el "entregado por" los demás. Si comemos "el Cuerpo entregado por vosotros", en nuestra vida debemos ser cada vez más claramente signos suyos y construir fraternidad. No podemos separar nuestro "sí" a Cristo del "sí" al hermano.
En nuestra misa, y precisamente como preparación próxima a la comunión con Cristo, hacemos unos gestos que expresan esta dimensión "horizontal" de cada comunión:
- en el Padrenuestro, además de pedir "el pan de cada día", decimos "perdónanos como nosotros perdonamos...";
- nos damos mutuamente la paz, con los más cercanos, antes de ir a comulgar: no podemos estar en comunión con Cristo si no lo estamos con nuestros hermanos;
- vemos cómo van partiendo los trozos de pan y luego cómo los reparten: un pan partido es un buen símbolo de fraternidad y unión: el Pan eucarístico se parte, se reparte y se comparte;
- vamos comunitariamente, en procesión y cantando, a participar de Cristo, que se nos da a cada uno;
- y compartimos también -si comulgamos bajo las dos especies como se nos insiste en el nuevo misal- el mismo cáliz, la misma Sangre de Cristo.
Un diálogo expresivo
Cuando vamos a comulgar: el ministro nos muestra el Cuerpo (y la Sangre) del Señor, dice en voz alta: "El Cuerpo de Cristo" ("La Sangre de Cristo"), . nosotros contestamos claramente Amén, expresando nuestra fe en la promesa de Cristo, . y entonces comulgamos.
En la boca o en la mano
La comunión con el Pan eucarístico la podemos hacer de dos maneras:
- recibiéndolo en la boca, como se ha hecho desde el año 1000, más o menos,
- o bien recibiéndolo en la mano, como se había hecho en el primer milenio y ahora la Iglesia vuelve a permitir que se haga.
En este segundo caso, habiendo contestado Amén, recibimos la comunión en la mano abierta, teniendo la otra debajo, y allí mismo, con todo respeto, comulgamos, antes de retirarnos a nuestro puesto.
COMPILACIÓN ESP. ARCESIO QUINTERO DOCENTE.
TELÉFONO: 314-414-9700; CORREO: arcesioquintero@hotmail.com
